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Agua y sal

Estaba yo caminando por las playas de Portugal, por esas del Algarve, concretamente una de las que está entre Carvoeiro y Beliche, de esas que tienen recodos donde el agua se adentra, tranquila y segura de que, inexorablemente, ahogará la arena que se cree que se va a secar algún día, cuando me sorpendió el Sol, naciendo detrás de una pequeña nube horizontal, casi como los rastros de un avión...

Éramos los únicos que estábamos allí, observando el espectáculo, quizá con alguna que otra golondrina que de vez en cuando se anunciaba con su característica forma de hablar.

Olía a arena mojada. A sal mojada.

Se respiraba agua salada con el aire, en cada bocanada...

Frescor en todos los poros de la piel, que sentía cómo el ir y venir de las olas, tras su inevitable ruptura, le acariciaba en los piés, ayudando a sumergirse unos milímetros, ayudando a sentirme más cerca de ellas.

Estaba pleno de energía, con los ojos bien abiertos, haciendo fotos mentales en HD, para llevármelas en mi mochila mental, usando todos mis sentidos, no dejando escapar nada de mí.

Pero no éramos sólo el astro rey y yo quienes estábamos allí.

Al fondo, en la bruma que se recogía en la cueva que tras cientos o miles de años se había esculpido en la roca, a base de vientos y mareas, vislumbré una silueta con forma de violín.

Parece que el Sol quiso dejarme ver enteramente los detalles de aquello a lo que me aproximaba, y reforzó la intensidad de sus rayos, amainando la densidad del agua que se disolvía y pulverizaba en el aire...

Era ella.

No sé cómo lo supo, pero conocía mi adoración a los paseos matutinos en esa playa, en verano.

Se mesó la melena negra y sedosa, corpulenta, que tenía, en un baile zigzagueante de sus caderas, sin estridencias, que me obligó a desenfocar todo y apuntar todo mi ser hacia allí...

La piel morena que tenía casí la hacía confundirse con los granos de arena que ambos empezamos a sentir, al rodar por la playa, fundidos los dos, sin rumbo...

Nunca olvidaré cualquiera de los minutos y horas que pasamos aquella mañana juntos...

Todo sigue igual.

Menos ella, que no está...

En fin, Las Cosas...

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