Acuérdate de ese día en que quedamos en el paseo del río Guadalquivir, debajo del puente de la Barqueta. Era un catorce de julio, viernes, y el intenso calor de las siete de la tarde nos impedía, casi, pararnos en nuestros caminares.
Por eso quedamos allí abajo, resguardadas del implacable sol de verano, impacientes por vernos, en la soledad de una Sevilla abandonada por los veraneantes, sudorosas y cargadas de hormonas a las que dar salida, tras tanto tiempo sin vernos, pues tu trabajo y mis estudios nos habían empujado a cuidarnos en la distancia.
Ni sabía por donde llegarías, sabiéndote excéntrica y sorprendente, capaz de alquilar un hidropedal, un segway, un tándem, ..., con tal de dejarme boquiabierta, grabando un nuevo recuerdo más, a fuego, en mi moldeable mente.
Pero no, esta vez no.
A las siete menos cinco vi venir, bajando las escaleras procedentes del BarQueta, a una joven de aspecto nórdico (aprovechaste tus meses de estancia en Suecia para mimetizarte con las esbeltas cariátides que por allí deambulan y que, muy a mi pesar, probarías...), con una única coleta cojida y descansando en tu pecho derecho, descendiendo desde ese hombro.
La falda corta y las zapatillas y prenda deportiva que, de tirantas, vestías, me recordaban a una especie de Steffi Graf sureña que se coló en la estival ciudad inhóspita que vió nuestro reencuentro.
Eras tú.
No sé dónde habías adquirido la morenez de tu piel, pero eras tú.
No te pregunté nada de tus 8 meses fuera: me daba miedo que la verdad nos impidiera disfrutar de la tarde, de la semana, del resto de nuestras vidas.
Ni tú me dijiste tampoco nada de aquella experiencia que necesitaste realizar.
La tarde se abría a nuestra izquierda, dirección Torre del Oro.
Sólo sé que al día siguiente me desperté en aquella habitación blanca, en una cama enorme, con tu mejilla izquierda descansando sobre mi abdomen, con los labios ya despintados casí por completo, un casi que permitía ver aún perfiles de carmín rojo.
Alineados con tus cabellos, mis uñas pintadas, también de rojo, del pié izquierdo, el marco, también rojo de la ventana con visillos casi transparentes, movidos por un ligero levante y, de fondo, la ribera del río, de nuevo, y, de nuevo, la Torre del Oro.
Estábamos otra vez allí.
Nuestra amiga, de nuevo, 10 años después, compartía con nosotras copas, ducha, cama, ...
Habíamos vuelto al río...
A RRIO...
En fin, Las Cosas...

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