Uno se harta de tanta mentira en todos lados.
Pocos sitios a los que recurrir en los que poderte expresar como eres es algo lamentable que no merece la pena festejar. Ir o venir con gente que, en el fondo, te importa un pito que no esten, porque para lo que te dan, mejor que les vayan a dar sus miserias y migajas a otros.
Yo, antes, hacía puentes.
Puentes que eran la reconstrucción de otros que se habían destruido por alguien o algo: ese alguien o algo podían ser la dejadez de una amistad, la indiferencia de un amigo ante tus cosas, la ilusión, no correspondida, en un trabajo, una persona, o un evento, ..., cosas cotidianas y no por ello insignificantes...
Ya para mi no existe la reconstrucción de puentes, porque lloraba mientras ponía las vigas, los ladrillos, mientras ponía los focos de abajo, para que volviesen a resplandecer...
Ahora, desde mi orilla, veo los desastres de la destrucción, pero espero ver si hay algún constructor que , desde el otro lado, empiece a reconstruir, él solito, el puente...
A ese, cuando llegue a mi orilla, le abrazaré, feliz. Pero será el el que habrá reconstruido.
Uno se harta, sí, y llega a eso, aun a sabiendas de que, quizá, mi orilla, se vuelva redonda, y se convierta en una isla, pequeña, en donde sólo existan mis familias y los que quiero que la habiten.
Uno se harta, tanto puente, pa ná...
Ahora soy orillero.
Se disfruta más, te hartas menos.
Tienes más calidad, a menor precio.
Como en Lidl.
En fin, las cosas....
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