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El megáfono

Estaba en el paseo junto al puente de la Barqueta, a la altura del tráfico rodado, junto a la escalinata que baja al paseo fluvial, dirección al parque del barco.
Él era la expresión total de la indignación.
Era negro, parecía centroafricano, hablaba en inglés aunque chapurreaba palabras en francés. Estaba dando una especie de discurso o arenga muy subida de tono a algo o a alguien, con una pasión y una fuerza increíbles.
Pero indignado, estaba tela.
Estaba apoyado en el pretil del paseo, mirando a la gente que hacía footing, ciclismo, …, mirando también al Antique, también a Isla Mágica.
Todos pasaban de él: le miraban de reojo, como con recelo a que se enfureciera y abandonara su mensaje para tomarla con alguno de ellos.
Todos pasaban de él.
Nadie reparaba en qué decía, ni en cuánto tiempo llevaría allí, ni hasta cuándo continuaría.
Era el vivo reflejo de eso que se llama “predicar en el desierto”.
Seguramente lo que estaba contando era importantísimo, quizá le llevaba quitando el sueño vete tú a saber cuánto tiempo, quizá estaba hasta despidiéndose de todos.
Pero a todos le importaba un pimiento, sólo producía mofa.
Ponte en su pellejo y piensa en qué pasaría si hubiese algo que te doliera, que te indignara, que te retorciera el estómago y te impidiera dormir, descansar, vivir tranquilo, por lo que no vivieras a gusto ni feliz.
¿Tendrías valor de irte a decirlo a los cuatro vientos?
Quizá sí, pero, como está el patio, todo lo que dijeras, casi seguro, se quedaría ahí, en el viento.
Al final se reduce a algo optativo el reivindicar lo que uno quiere.
Qué triste.
Sería genial tener un megáfono del tamaño de una catedral, y poderlo usar de vez en cuando, con la parte del altavoz para abajo, situada a unos 100 metros de la ciudad. Y soltarlo todo por ahí, hasta quedarse vacío.
Decirlo todo sin callarse nada, para que todos lo oyeran.
Habría que aprovecharlo y usarlo mucho, mucho, antes de que a todo el personal se les aprovisionara de tapones anti-megáfonos, para que el mensaje diera lugar a difundirlo antes del aborricamiento general.
Siempre con las putas prisas. Pero la inercia que ha adquirido todo es tal que sólo puede pararse con reacciones rápidas.
Lo chungo sería que no tengo ni idea de en dónde meter el megáfono.
Me pillarían por alteración del orden público, pues se notaría que el megáfono es mío, y me delataría.
No, si al final, verás, vamos a tener que seguir con la boquita cerrada.
Bueno, ya hace 1 hora que vi al indignado del río… ¿se habrá ido ya?



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