La sensación es muy parecida a la que se sentiría justo antes de dar un salto al vacío, desde uno de los laterales del acantilado de la playa Vale Covo (Carvoeiro), frente a la caverna, con los brazos abiertos, acompañado de algunas gaviotas arrancando su vuelo, antes de caer libremente de brazos abiertos.
O muy parecida a la que, justo antes de la explosión nívea de la espuma blanca que reborbota tras romper una buena ola, se sienté cuando, tomando fuerza, haciéndose corpulenta, el agua retorna mar adentro para que estalle toda esa energía al romper. Mientras se escucha el chirriar dulce de las conchas hechas millones de pedazos siendo arrastradas por esa potencia inminente.
O similar a la sensación que tendrán los concursantes de Gran Hermano justo cuando Mercedes Milá acaba de articular la última de las palabras de ese conjuro mediático formado por la frase "La audiencia ha decidido...".
(Iba a borrar ese tercer párrafo, pero paso... De ESO se trata)
Me refiero a cuando te refugias en tu jardín privado, ese cuya llave sólo posees tú; ese en el que plantas lo que quieres, riegas cuando quieres, paseas por él cuando quieres, ...
A ese jardín privado, a esa parte íntima de tu ser, a la que recurres cuando quieres, cuando "fuera" está cayendo el chaparrón más grande, la discusión más grande, la conversación más peregrina, el acto más ruín y asqueroso que podías presenciar en el día...
A ese jardín hay que cuidarlo... Cuando vas a entrar en él, tienes esa sensación.
Yo la tengo...
Despliego mis alas, me rio de todo, o lloro un poquito menos (puede ser), las bato y me voy allí: a mi jardín privado.
No hay nadie que deba pretender invadir tu jardín privado. Es más, debería de estar sin vallar, sin necesidad de protección; la gente debería tener metido en su cerebro que hay jardines privados inviolables.
Pero en el mundito en que estamos hace falta poner coto; para que no vengan personas con ganas de usurpar esa privacidad, ese reino sin fastos, ese terreno intocable.
Que no te dejen sin tu jardín privado, pues de él depende tu higiene mental.
Las alas, el jardín, el resto del mundo: todo es necesario para sentirse el rey en cada adecuado momento.
¿Cuantas veces le habré dado yo las gracias a las estúpidas conversaciones de fútbol para poderme dar un paseito por mi jardín? ¿Cuántas?
Dios, el fútbol...
Gracias, fútbol... Tú si que me das alas, y no Red Bull.
En fin, Las Cosas...
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