Nunca me molestan las campanas de La Macarena, cuando las oigo, temprano, los fines de semana. Me hacen sentir parte del barrio, propietario de una parte alícuota de ellas, como si su sonido procediese de algún reloj de pié, de esos viejos, que estuviese en la planta de abajo o camuflado en la terraza.
Ni los tambores ni las cornetas de los chavales que ensayan desde Domingo de Resurrección + 1 hasta el Domingo de Ramos - 1, casi todas las tardes, con marchas procesionales, en el Parque del Parlamento. Me recuerdan que a un tiro de piedra está una de las vírgenes más preciosas del mundo.
Ni los conciertillos que, como esta noche, estarán dando en La Alameda o Los Perdigones, ensalzando letras de la música que más lejos siento de mí (de Rosendo, parece...). Me hacen sentirme feliz de llevar en mi coche 5 discos de la cantante coriana, escuchar a la de Barbados, en fin.
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