Hay muchas formas de sentirse como en Estoril. De tener esa extraña y triste sensación.
Vas andando por la calle y notas que hay algo que falta, algo que antes estaba y ya no está.
Que hubo tiempos mejores.
Percibes que hubo pasión por las calles, diversión, superficialidades, vacas gordas, relajación, laxitud en el día a día, cero presiones, cero exigencias, gente guapa, bullicios, …
Ya no.
Hasta al menos dos lugares de los emblemáticos de sus alrededores tienen nombres que presagian la debacle: La Boca del Infierno y El Castillo de La Pena.
Pero por más que haya esa sensación, pervive algo muy, muy valioso, que nos arroja un rayo inmenso de luz: la mirada irradiante y limpia de dos niñas bonitas que pasean de la mano, las playas por conocer, los buenos momentos por compartir en un buen restaurante, el sexo apasionado, el deambular sin rumbo, los veranos infinitos, la arena blanca, el Mar, el Mar, …
Ese rayo te da esperanzas de que todo puede ser mejor de lo que, aparentemente, vemos.
Estoril me enamoró hace muchos años.
Quizá no vuelva de nuevo a ella, aunque sé que es una ciudad maravillosa.
Pero yo volvería siempre, cada tarde…
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