Me pregunto cuál será el final de las cosas y las personas que representan algo en mi vida: dónde estarán en ese momento, rodeados de quiénes, disfrutando o sofocados con qué, mirando la playa de qué sitio, amando a quién, habiendo acabado de hablar de qué, …
Me pregunto eso a veces, pero la cuestión me sobreviene cuando, por cualquier paraje, situado junto a una carretera o camino, veo esos pecios terrestres, con los ladrillos derruidos, recordando fantasmagóricamente lo que fue y ya no es.
Allí vivió, nació y murió gente: y mírala...
Hoy es un día de esos de septiembre, en Sevilla, el 21 concretamente, en que aunque el calendario diga que se acaba el verano, lo que veo desde mi ventana de la Macarena dista del otoño muchos grados y lúmenes, al alza.
Y es también uno de esos días que “el mundo” ha decidido consagrar a una causa de esas que movilizan y sensibilizan a todo el personal, reivindicando derechos, respeto, espacio en nuestra vida, toma en cuenta: es el Día Mundial del Alzheimer.
Parece a veces que todo, de repente, te quiere dirigir los pensamientos a alguien o a algo cuando, quizá, simplemente es que te has despertado recién soñando con eso, que en realidad has oído cosas que te lo recuerdan o que, no sé si es el caso, te sitúas en un punto de sensibilidad y tendencia a relacionar cualquier cosa por nimia que sea con aquello que se te ha metido entre ceja y ceja.
Mi abuela Emilia estaba hoy entre mis cejas.
No tuve tiempo de conocerla bien, pero sé que hubiésemos hecho muy buenas migas.
Se me muestran borrosos los recuerdos de su velatorio y su entierro; no soy capaz de poner en pie más que una misa de difuntos, de esas que se celebran una o dos semanas después, cuando la ola que rompe y arrastra ya está volviendo al mar, a su sitio. Era una iglesia de techos bajos, algo agobiante, en Sevilla capital, a la que se accedía por una escalinata, a modo de subterráneo. Me sentí muy mal allí.
La falta de piedad hacia mi familia (y me refiero a mis padres, mis hermanos y yo), cuando mi abuela empezó a flaquear física y mentalmente, será algo que me acompañará hasta la tumba y que jamás perdonaré. Los daños directos e indirectos que sufrimos no se han saldado ni se saldarán jamás, por lo imposible que es, y lo asumo. Pero espero que en esta vida, y viéndolo yo, haya una conversación entre los malos y los buenos, donde yo observe un contundente y sincero acto de contrición. Es debido.
Pero este no es la entrada que quiero dedicar al tema del párrafo anterior; es el sitio, pero no la entrada concreta.
Estoy casi seguro de que lo que mi querida abuela tenía era Alzheimer. Los últimos años de su vida los pasó en un chalet de San Juan de Aznalfarache o por allí, de una urbanización privada de esas de nivel alto, reconvertido en asilo/clínica de ancianos.
Lástima de la piscina que tenían, que no podían disfrutar, por no poder muchos de los allí asistidos ni acercarse, ni respirar por sí solos, ni moverse.
La regentaban dos señoras medio monjas, llamadas Mari Carmen y Asunción, que, a pesar de cobrar tela de pasta, exudaban por todos sus poros implicación y dedicación plena y convencida.
Y aquí viene el nexo de hoy con mi vida, mis cosas, mi gente: había allí una señora, que se llamaba María, jerezana de toda su vida, alta y elegante como ella sola, repeinada con un moño corpulento, que vivió en la calle Bizcocheros de Jerez, a pocos minutos de la calle Ávila, donde habitó mi abuela y mi madre con su familia.
Se sentaba en ese pasillo largo de 4 metros de ancho por 20 de largo, que había a la derecha, justo tras entrar en el chalet, por el portalón de cristal.
No sé por qué pero esa mujer me impactó mucho con sus historias, recuerdo hasta su voz y su vehemencia al hablar, su gran sentido del humor, su aparente pertenencia a algún marquesado.
Sé que mi abuela me quiso mucho: tengo fotos mías cogido en brazos por ella, me daría cientos de besos, me cambiaría muchas veces los pañales, el mismo viento del sur nos soplaría muchas veces en la frente.
Pero llegó un momento en que sus recuerdos se apagaron; tenía, como esas bombillas que parece que luchan por seguir funcionando, lapsus de nitidez en sus recuerdos, de existencia siquiera de los mismos. Pero en general se apagaron los recuerdos, acompañando ella también a ese apagado paulatino, hasta que nos dejó, finalmente.
Desde aquí, a mi abuela Emilia, que para uno que cree en “otros lados”, percibe algo, le quiero decir que muchas gracias por haber colaborado a que esté hoy aquí, por haber traído a mi madre al mundo con amor, por haber luchado tanto por los suyos y por hacerme sentir como en casa cada vez que voy a ese maravilloso pueblo blanco gaditano, llamado El Bosque.
¡¡GRACIAS ABUELA!!
Y sí, sigo con los nexos, puesto que en RNE 5 acabo de escuchar que, para combatir el Alzheimer, es muy positivo esto de tener un blog, de volcar aquí nuestros recuerdos, nuestras ideas, también revisar fotos antiguas, reflexionar a veces sobre lo que nos pasó… Algo así como conjurar al pasado (pienso yo, ¿eh?)…
¡¡Bien!! Estoy luchando contra el Alzheimer gracias a mi blog, quién me lo diría a mí…
Pero la parte original de lo que decía en la radio no era solo eso, sino que añadían que lo positivo se acentuaba cuando esos conjuros los hacías en compañía de tus compañeros de vida del pasado, presente y futuro (viejos amigos, padres, tíos, sobrinos, nietos, …).
Tomaré nota y lucharé fuerte para que el Alzheimer no me invada, de estos modos de que hablo.
Hay más nexos que hoy he visto claros, pero el último al que quiero referirme es a Puccini. Escuché hoy, al madrugar sin querer, Turandot.
Me he quedado de piedra cuando tras oírla acabar bruscamente, el locutor dijo que, si bien, luego otros la concluyeron por él, que “Las últimas dos escenas de Turandot fueron acabadas por Franco Alfano, bajo la supervisión de Arturo Toscanini. La noche del estreno, el propio Toscanini, que dirigía la orquesta, interrumpió la interpretación donde el maestro había dejado la composición. En el día del estreno en La Scala, cuando muere Liu y el coro canta "Liù, bontà perdona! Liù, docezza, dormi! Oblia! Liù! Poesía!" Toscanini se volvió al público desde el podio dejando la batuta, y con voz queda y emocionada mientras lentamente se bajaba el telón, pronunció las siguientes palabras: "Aquí finaliza la ópera, porque en este lugar murió el Maestro".”
Me ha parecido sobrecogedor, me ha hecho pensar en qué dejó este compositor en este mundo, en el legado que nos regaló y, volviendo al principio de esta entrada, de nuevo, como nexo, sabemos en este caso en qué estaba pensando, qué hacía cuando murió.
Me temo que a esta maravillosa obra hicieron justicia quienes la acabaron, como podemos comprobar deleitándonos en la escucha del acto, ya final, de dicha obra…
Lloro.
En fin, Las Cosas…



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