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Estancos y culos

Me acuerdo que, desde muy pequeño, me daba cuenta de que, en la avenida Miraflores, frente a lo que a día de hoy es una bodega de relativamente nueva construcción y poco antes de llegar al actual estanco que está en la acera del OpenCor (o sea, en la acera de los pares), habían dos establecimientos que, a día de hoy no sería posible que permaneciesen abiertos.
El tiempo me ha dado la razón, puesto que en una ciudad del siglo XXI (que, en el caso de Sevilla, podría decir que hoy estamos en el siglo XX y medio) no podría permitirse:
·         Un estanco regentado por un señor famélico, de rostro arrugadísimo y gafas de ver y sol al mismo tiempo, en donde entrar a sellar (y al decir sellar, uso un verbo literal, puesto que la quiniela tenía que ser sellada a mano, con un timbre de la FNMT, salivado o empapado en goma líquida) tu boleto de apuestas era una aventura higiénico – selvática: gatos por doquier de diferente pelaje, olor a ellos y a los posibles roedores que cazarían en los alrededores, y unas uñas (del señor antes citado) con más vida bajo ellas que la que puede haber en un chiringuito en noviembre ni
·         Un bar petado de butaneros, transportistas y taxistas, ingiriendo siempre y no importa a qué hora, tanques de cerveza que, según se decía en la época, era la más rica de Sevilla (junto con la de El Tremendo… ¿?); aparte de resultar cuando menos inquietante la travesía de estos personajes medio ciegos a la hora de realizar sus trabajos (al volante), era aún más asquerosilla la mirada de Black&Decker que arrojaban desde las entradas acristaladas a toda hembra que pasara (mejor dicho, osara pasar) por esa acera, acompañada de lindezas verbales como “te comía tól **ñ*”, “vaya *ul*z*, morena”, … Era asquerosillo pasar por allí, volviendo del cole, y ver cómo esa tribu espetaba a las adolescentes trinitarias con asquerosidades que salían de bocas que olían a ceniceros y cerveza, a anis del Clavel mezclado con aroma a puro (comprado en el estanco del punto anterior), con dientes mellados por culpa de la mala vida y de la juerga descontrolada… Encima, con el bar de techos altos, oscuro todo él, con serrín por el suelo… Que ahora pienso que para qué carajo habría serrín en el suelo… Imagino que para atenuar los olores de las potas que echarían allí…
La verdad es que clavaban sus ojos en todos los culos femeninos que pasaban por allí…
Ese bar, siempre, me hace pensar en que, aprovechando esa tecnología chachi piruli que ya puso en el mercado de masas SONY, podría hacerse un dispositivo que paso a describir.
La tecnología a la que me refiero es esa que reconoce las miradas de los ojos de la gente, incluso sus sonrisas, para, trabajando en tándem con una cámara digital, disparar en el momento de coincidencia de mirada o de floración de sonrisa.
El dispositivo sería un contador de miradas al culo de quien quiera portar ese dispositivo; lo podrían vender en La Teletienda (infocomerciales), antes o después del Body Elegance (Véase http://colgandoparecenbolsas.blogspot.com.es/2013/07/body-elegance.html), como una suerte de contador del deseo que generas, para que, una vez que llegues a tu casa, puedas enchufarlo al USB de tu PC y contar las veces que te han mirado el culo y quiénes lo han hecho.
Sería algo maravilloso para la autoestima de toda esa peña que no ve escaparates, sino espejos pegados en las paredes de las calles para evaluar una y mil veces su puto físico. Como si la calle se tratase de una suerte de Pasarela Cibeles infinita.
Más divertido sería si estuviese conectado con una especie de interfaz audiovisual, en plan gafas Google Glass con auriculares. Por las gafas tendrías una imagen del mirón, y por el auricular una señal auditiva de “Culo visto”, o algo así.
Al igual que Body Elegance tiene su maravilloso nombre anglosajón, mi dispositivo imaginario podría llamarse Horny Counter.
Me parece mentira cómo puedo empezar hablando de un viejo estanco asqueroso y acabo hablando de culos de vértigo.
En fin, Las Cosas…

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