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Tragaderas

Mira que me costaba cambiar, mira que era muy cerrado con muchas cosas.

Alguien me ha llegado a decir que incluso llegaba a andar, a menudo, encorvado, como intentando meterme en un caparazón.

A pesar de ello, siempre he mantenido mi intolerancia ante lo que yo vea injusto: los enchufismos baratos, los dorados de píldora por la cara, la ignorancia premeditada, el ir de superior por la vida, el tener el puño cerrado y chuparle la sangre a los demás, el ser sibilino, ..., me enervan de tal manera y me producen tanto asco que, a veces, tengo que hacer verdaderos esfuerzos simplemente porque no se me note en la cara o, incluso, para no soltarle alguna bordería al otro.

Pero es ahora, a los 37, cuando puedo decir muy tranquilo que soy más fiel a mí mismo que nunca...

Por encima de esto que estoy diciendo, hay algo más que el otro jamás podrá controlar, nunca podrá escrutar, nunca fiscalizar...

Es mi pensamiento, mi raciocinio.

Me alegra saber que mucha gente que me mira a los ojos sabe que ya no ve en mí la luz verde a hierro que podía percibir antes de mí: ya no me creo tanto a la gente, no doy un pavo por nadie que no me demuestre que se lo merezca, no muestro mi lado ``bueno`` por la cara a más nadie.

Y, sí, quizá sea menos guay.

Sí, quizá me brillen menos la ojitos, sí.

Pero al que ve que me brillan, le deslumbro del brillo, pues me doy.

Ahora, como veas mis ojos con vaho, chungo cubata.

En todos los planos es esto aplicable... Digamos que se puede resumir en una frase que creo que está atribuida a algún famoso pensador: VENCERÁN, PERO NO CONVENCERÁN.

Esa pena tan grande que le produce a eso a quienes miro sin brillito es algo que es básico en las relaciones humanas: el saberse nadie para alguien te ayuda ponerte en tu sitio, ser respetuoso, ser mejor persona, más integra.

Ya no me convence casi nadie.

Los que me tenían que convencer, ya vinieron.

En fin, Las Cosas...

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