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Contactless

Hay que ver la de gente atacada que hay por todos sitios.



En sus coches, en el bus, en la familia, en el curro: son como una plaga que no hay insecticida que pueda con ella.



No digo que no haya motivos hoy día para estar destartalado perdido, para estar a punto de perder los estribos y reventar por varios sitios, no.



Pero hay ciertos límites que, creo, hay que saber no transgredir, sobre todo cuando tu estado de estar atacado invade a la libertad y a la tranquilidad de los demás.



Recientemente me han pasado dos cosas que me han dejado bastante pensativo e indignado.



Una de ellas fue llevando a mi hija mayor al cole; en mi recorrido, yo conduciendo y ella detrás, junto a la ventana (bajada, como a ella le gusta), me gusta ponerle música de todos los colores, aunque ya sea ella la que me pide, solita, que le ponga a Pili, la de Coria. Todo en busca de hacer más alegre y provechoso (paternofilialmente hablando) esos dos días en semana en que, por la lluvia y el frío del otoño/invierno y, gracias al acuerdo con mis jefes, puedo desayunar con mis mujeres y llevar a la mayor de mis peques al cole. Pues bien, en dicho recorrido, he de hacer un STOP para incorporarme desde una bocacalle de la calle Resolana (la de la esquina de la tienda de bicis que parece una feria) hacia la calle Resolana. Siempre lo hago y esa vez no podía ser menos. Entrando en el hueco que, en el carril central, los coches que esperaban a que el semáforo en rojo cambiara a verde, a la altura de Feria, el último coche del carril más cerca de la tienda de bicis, empezó a dar para atrás, con la clara intención de ir, precisamente, al hueco que yo trataba alcanzar. Tanta claridad tenía que se cegó de tal modo que ni me vio detrás ni oyó mi desesperado claxon para que frenase. Y me dio, en mi morro delantero izquierdo. Ni corto ni perezoso, continuó su trayecto y pasó de todo, pero con la mala suerte de que recorrió la misma trayectoria que yo hasta la mitad de la calle San Luis. Un infierno atronador de pitadas procedente de mi Scenic persiguió al flamante Focus rojo (cuya matrícula anoté y conservo), hasta que la presión le pudo y se detuvo. Del coche no se bajó Sharon Stone ni Rihanna, con taconazos de aguja; ni tan siquiera una persona con dos dedos de frente: un ser aparentemente del sexo femenino salió con cara desencajada y pelo lamentablemente arreglado, como si acabara de ver al demonio hecho cabra. Me bajé, a oír qué sonidos emitía; con una voz chulesca y sin mirarme a los ojos me dijo que qué había pasado. Tras contar 20 millones de veces hasta 10, le dije, “señora, olvídese de eso, de mi coche, olvídese de todo”… Y le espeté, “¿Se ha dado usted cuenta delo que ha hecho?”. El asco me recorrió el cuerpo cuando mis oídos percibieron palabras como “no tengo tiempo para discursos”, “estoy llevando a mis hijos al colegio, ¿le queda mucho para terminar su lección?”, … De verdad, le di gracias a Don Bosco por crear la orden salesiana, cuya educación ha hecho de mí una persona medianamente respetuosa; y le di también gracias a Dios por los padres que tengo, cuyos inculcados (y compartidos) principios me permiten no sobrepasar ciertos límites. Gracias a esos dos maravillosos entes, esa mujer, su coche y los 10 números siguientes (casi hasta el Pumarejo), no resultaron calcinados por el lanzallamas que, en sus ausencias (de los entes antes citados), hubiese utilizado. Aún guardo la matrícula en la memoria de mi Smartphone y el coraje que me dio que la Policía Local (de en frente del Colegio Los Moros) me dijese que no tenía nada que hacer contra esa señora, que me aguantara.



La otra, yendo a comprar una bombona a la gasolinera que hay entre La Pañoleta y el El Manchón (no la Repsol, la otra), en la vía esa de servicio que va bajo la autovía gorda. Haciendo el STOP (de nuevo digo, de rigor) para meterme, desde el carril contrario a la gasolinera, no más de 2 segundos (lo juro), si bien no venía nadie de frente (aunque ni los accidentes ni los civiles entienden de barcos a la hora de poner multas), un coche ultraguay (creo que era un Mini) me pega una sonora pitada y me adelanta y me dice “¡¡¡Vamos huevóóóóóóóóón!!!”… Atónito, tras rehacer mi STOP, ingresé en la gasolinera y me dirigí a por mi bombona; del Mini salió un pibón, acelerada, estresado con la vida, con cientos de mensajes en grupos gilipollas y huecos por responder esclavizadamente, fashion victim, y que me dijo, al preguntarle yo que si tenía prisas, que vaya rato que me había parado en el STOP. Usé mi Scenic, tras haber cargado mi bombona en el coche, y estar ella guardando sus tarjetas en su baúl de Mary Poppins de la marca Pilar Burgos, para impedir su salida del surtidor, frenado en seco, varios segundos (que para ella serían eternos), delante de su cochecito de diseño… Tras esos segundos, le lancé un beso.



La gente está muy mal.



La instantaneidad del Whatsapp, del “Me lo llevo”, de la Visa contactless y de todo lo que cada vez se está llevando más hoy día, del usar y tirar más que del compromiso, del “vamos vamos, que arreen los que vengan”, del “todo vale”, del “digo lo que pienso porque soy supersincero y pisoteo las mínimas reglas del respeto mutuo”, …, está haciendo que haya mucha gente estresada que te puede arrollar con su histeria vital.

Son como bolas de nieve de esas que vienen desde la cumbre, y que es mejor dejarlas pasar, y que se estrellen…



No deberíamos caer en la tentación de seguirlas por la calle San Luis, ni de interponernos en su trayectoria.



Mejor dejarlas rodar, y que caigan.



Que caigan.



Ojalá que hasta abajo, hasta el nivel del mar.



Y que se derritan.



Gracias, papá y mamá; gracias, Don Bosco.



En fin, Las Cosas...

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