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Dame la mano

Ven y dame tu mano.

Ya llevamos más de un tercio de vida juntos, pero quiero que esto siga hacia adelante, más y más años, quiero que hagamos este camino juntos, quiero que el sí quiero que nos dimos se renueve cada día.

Dame la mano, vente así, con tu pelo aún mojado tras la ducha. No te lo seques, me gustas más así.

Vámonos a ese banco de tu barrio donde nos tomábamos ese refresquito con pipas, de novios, cuando éramos más libres y nos elegíamos el uno al otro.

No dejemos que esa elección se apague; avivemos esa llama que nació, sin esperarla.

Trabajémoslo, que no es gratis; pero una vez mantenido, es un regalo contínuo, el tenerte ahí cada día, oyéndome, oyéndote, mirándote a través de tus ojos oscuros y preciosos, propios de más abajo del Estrecho.

Que nos acompañe pelandusca, esa lotería que nos ha tocado a los dos y que nos llena de vida con sus cosas, su amor, su bondad.

No me sueltes tu mano, que viene otra persona más, necesito que no nos soltemos.

El salto que vamos a dar es grande, y es hacia adelante, bajando sólo si es que es para caer en aguas cristalinas llenas de corales brillando.

Merece la pena que no nos soltemos de la mano, que el corro de tres se abra para alojar a un cuarto, para que venga a jugar con nosototros.

Dame la mano, siéntate aquí, en esta roca. Zavial nos espera murmullando mientras rompe por aquí y por allá.

Zambullámosnos desnudos, sintiendo el frescor del agua en todo nuestro cuerpo, mejor si está hecho uno.

Llama a las niñas, que vengan. O yo las llamo.

El reloj no te lo trajiste, no lo tuviste, no existe.

Esto puede ser eterno, si lo queremos y nos queremos.

Puede ser el fin del mundo o el comienzo de él: pero mereció la pena.

Y la merecerá siempre.

Dame la mano, que te quiero.

Sin anillos también.

La mano.

En fin, Las Cosas...

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