Sigo dándome una vez tras otra chocazos con la realidad, con las cosas que querría y no puedo ni debo cambiar pues, simplemente, debo aceptarlas.
No soporto a la gente sin empatía, sin capacidad de practicarla, que son egoístas, injustos con EL OTRO.
No me voy a dar golpes en el pecho ni a definirme como paradigma de la empatía, pero es una cualidad que aprecio mucho en las personas, que trato de atesorar, de señalar cuando la veo manifestarse y que lamento profundamente que haya monstruos que vagan alrededor de nosotros con ausencia absoluta de ella.
Hoy, un compañero me ha contado una experiencia vivida en sus porpias carnes, pasto él del hambre de uno de estos monstruos, carentes de sensibilidad alguna, que, iracundo por que se le torció un peo en su camino trazado sobre el papel sin considerar las personas que tenía a su alrededor, sediento de éxito profesional, truncó su carrera laboral y (en parte) personal, con tal de dejar estampado su puto sello.
Ese monstruo era un ser de ese tipo; no sé por qué no tendrá cola ni roerá, pues se asimila mucho, mucho a las ratas.
Gracias a dios, infelices de este tipo son los menos, pero el daño que esparcen a su alrededor, cual polen envenenado, fructifica mucho, mucho, a base de dolor y miedo en silencio.
Pero lo más interesante de esta conversación llegó al final, cuando le pregunté a mi compañero qué es lo que haría si se lo encontrara por la calle o qué fue lo que hizo en respuesta al ataque iracundo del personaje en cuestión: "nunca me vió amargado", "siempre puse buena cara", "disfrutaba de mi trabajo"...
"Mario...", me decía, "... trabaja bien, al máximo en tus 8 horas... Pero que sean 8..."
Me ha enseñado que incluso en estos casos hay que disfrutar de lo que venga, honesta y responsabemente.
Pero vamos, que asquito ma dao...
En fin, Las Cosas...
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