Recuerdo de chico, en mi casa, en mi cole, en la calle, con mis amigos, con mis padres, en soledad o acompañado, cómo me entregaba a veces a esos diccionarios de la marca Everest, a esos diccionarios inglés-español y español-inglés y a esos diccionarios de sinónimos y antónimos...
En los primeros buscábamos lo que a veces de verdad necesitábamos pero, sin duda, a hurtadillas, buscábamos la palabra que significaba "gallina joven", la de "mujer de mala vida", la de "macho cabrío" o la de "interjeción, aparato genital masculino / femenino"... Y con asombro comprobábamos que era "legal" decirlas, en realidad... ¡¡Wow!! También buscábamos el micromapamundi, o las paginitas de las banderitas, con la típica bandera imposible de Nepal.
En los segundos, flirteábamos con esa lengua que íntuíamos que nos iba a suponer algo importante en el futuro.
Y en los terceros, comprobábamos nuestra sagacidad, memoria o verso, comprobando los sinónimos y antónimos... Era este hecho muy curioso, al menos para mí... Siempre me ha gustado ver las cosas desde varios lados (sinonimia y antonimia).
Me acuerdo de todo esto porque me resulta absolutamente patética y asquerosa la perversión de los mierdas esos que ocupan escaños en edificios oficiales, perfectamente combustibles, cuando presumen de que en sus filas pueden ostentar la etiqueta de la transparencia...
¡¡¡¡OOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOoooooohhhhhhhhhhhhhhhhh!!!!
Lo dicen desde la más oscura de las opacidades.
Transparencia, opacidad; honradez, deshonra; responsabilidad, irresponsabilidad, blanco, negro...
Me recuerdan todos estos cabrones a ese mago que se llamaba Magic Andreu, el que se colgaba medallas...
Les falta autodecirse: "A mí, el transparente".
No me acuerdo del grupo que publicó un álbum y/o una canción que se llamaba Alta suciedad.
Pues eso... ¡¡Qué asco!!
En fin, Las Cosas...

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