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Buenos días por la mañana

Pero, ¿qué hacía ella comprando el NG en aquel kiosko, de aquella calle, de aquella ciudad?

Era mi kiosko, de mi calle, de mi barrio: pero estaba allí.

No sé qué extraña atracción generaba su ondulada y brillante melena zaína, pero me olvidé de mis quehaceres mañaneros en esa estancia de rodríguez que me tenía atrapado en Sevilla.

Ya no había ABC, ni pipas Reyes con Sal, ni buenos días a los vecinos.

Se giró hacia Feria y comenzó a andar como la que va jugando con el viento, montada en un BMW, sacando la manita, pero sin BMW, sin viento y sin manita... Pero gustándose (¿Te gusta conducir?).

Me sentía mal, culpable por seguir a una desconocida, fisgoneando sus andares, su vestimenta, su olor.

Hacía algunas eses, de vez en cuando, vestía un Lacoste turquesa, y olía a Thierry Mugler. Sí, Ángel...

Cruzó, a la altura de la calle Torres, y se dirigió al antiguo almacén de maderas transformado en apartamentos y pisos de lujo.

Tiró del cordón de cuero que colgaba de su muñeca, con las llaves.

Las llaves no le funcionaron y tuvo que llamar al portero electrónico, de donde salió una voz igual o más femenina, que con desparpajo y frescura, le inquirió "Lola, ¿eres tú?".

Levantó la mirada, se apoyó en la puerta con el torso, y giró su cara hasta clavar sus ojos, a juego con el polo, en los míos, abiertos como platos, a 5 metros frente a ella.

Y dijo: "Aquí estoy, para tí".




En fin, Las Cosas...

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